Publicado en Cuaderno de viaje, Proyectos

Noveno día: Parque Nacional de Nikko

Penúltimo día en Japón y en nuestro caso último día pues nuestro avión salía muy pronto al día siguiente con destino a Madrid, así que hoy era nuestra despedida y no pudo ser mejor, nos tocaba visitar el Parque Nacional de Nikko (Nikkō-shi, literalmente «luz del sol») que se encuentra en las montañas de la prefectura de Tochigi, en la región de Kantō, con alrededor de 1400 km2 de lagos, cascadas y arboledas de cedros japoneses es uno de los centros budistas más importantes de Japón, declarado por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1999. Una de las maravillas que podemos ver es la cascada  de  Kegon  que con sus  97  metros de altura es una de las tres más altas de Japón y, según los propios japoneses, la mejor y la mas bonita. Se alimenta en exclusiva del lago Chuzenji en las faldas del monte Nantai. Como el día no estaba muy claro la guía decidió ir a la cascada de Kegon a primera hora por si mas tarde la niebla fuera mucho mas espesa y no pudieramos subir y digo bien, subir, para llegar a la cascada había que subir por una carretera infernal que tiene según los japoneses 48 curvas que son el abecedario japonés y a cada curva le han puesto una letra del citado abecedario, pero doy fe que tiene muchísimas más, pero para hacerlo coincidir solo cuentan las mas cerradas.

 

El paisaje o lo que podiamos ver a través de la niebla era espectacular, pero tal y como presagiaba, en la cima no estaba más claro y tras las 48 curvas llegamos al parking, zona de descanso y al mirador desde donde se vé la cascada de frente, aunque en este caso la niebla lo ocultaba por lo que nos diriginos al ascensor para bajar a a otro mirador, como a la mitad de la cascada y aunque no pudieramos verla, poder sentir su rugido y ver un poco de sus flecos y tengo que decir que es realmente impresionante y no puedo imaginar la belleza que tiene que ser en días claros.

Tras tomar un pequeño refrigerio en los puestos que nos encontramos en el área de descanso pusimos rumbo al Sannai que es el nombre genérico que recibe la zona de santuarios y templos.
El Santuario de Tōshōgū es sin duda el recinto más destacado del complejo de Nikko. Se accede a través de un gigantesto torii de granito al final de una avenida de cedros centenarios. Terminado en 1636 cobija el mausoleo de Tokugawa Ieyasu, primer shogun Tokugawa.  Está dedicado a la familia Tokugawa como se puede comprobar mirando el blasón familiar con tres malvarrosas, típico de esta familia que encontraremos en muchos lugares del santuario. Cruzando el torii de piedra entramos al santuario. Allí nos encontramos con una fantástica pagoda de cinco pisos, que representan, de abajo hacia arriba, tierra, agua, fuego, viento y cielo.  El pilar principal se encuentra a diez centímetros del suelo para adaptarse a los cambios de temperaturas y grosor de la madera y es resistente a los terremotos. Si bien en un inicio el santuario Toshogu era más bien modesto, el tercer shogun y nieto de Ieyasu, Iemitsu, decidió ampliarlo y dotarlo de decoraciones espectaculares durante su gobierno, en honor a su abuelo. Así pues, hoy, el santuario Toshogu sorprende por su ostentación, el color y brillo de sus tallas de madera (mas de 5000 tallas) y decoraciones, que mezclan imágenes budistas y sintoístas, de tal forma que la mayoría de los edificios, así como numerosos elementos, han sido catalogados como Tesoros nacionales o valioso patrimonio cultural.

Tras el primer patio se encuentra la puerta Niomon, puerta de entrada al mausoleo. Aquí nos encontramos los antiguos almacenes que son una serie de edificios de preciosas tallas de madera, coloridas y muy elaboradas. Sobresale por encima de las demás el Shinkyusha (“establo sagrado”), un establo para los caballos blancos sagrados del santuario, que incluye un friso con ocho tallas de monos representando escenas cotidianas de la vida. Entre ellas se encuentra las famosas tallas de madera de los tres monos sabios: Mizaru (“No ver el mal”), Kikazaru (“No oir el mal”), y Iwazaru (“No Hablarle al mal”). Según la tradición nipona quieren decirnos que debemos negarnos a escuchar, ver y decir maldades. Los monos se han considerado mensajeros de los dioses y protectores de los caballos desde la antigüedad. También se consideran símbolos de la buena suerte, porque la palabra japonesa para mono, saru, también se utiliza, como verbo, cuando se habla de expulsar o abandonar la mala fortuna. Sin duda alguna, una sabia visión de la realidad porque sólo de esta manera podremos encontrar la paz interior y la paz con los demás. Aquí mismo también se encuentran las tallas de los elefantes sozonozo o elefantes imaginados, pues fueron tallados por un artista que nunca había visto un elefante.

Desde el segundo patio se puede apreciar la puerta Yomeimon, flanqueada por la torre de la campana y la torre del tambor. Los muros que se extienden a derecha e izquierda de la puerta están decorados con las esculturas de flores y aves más grandes de Japón, de colores brillantes y sorprendentes.  Están representados 154 animales imaginarios o reiju (sagrados o animales espirituales) y en total hay 508 esculturas, midiendo la puerta más de 11 metros de alto. La puerta Yomeimon es la construcción más elaborada del santuario y el edificio más representativo de la arquitectura de Nikko.

 

Tras la puerta Yomeimon, nos encontraremos con la puerta Karamon, por la que no se puede cruzar, sino que tenemos que entrar por la derecha; tras esta puerta se encuentran el salón de plegarias Haiden y el salón principal Honden, para entrar hay que descalzarse y no se permiten las fotografías. A la izquierda encontramos el salón Honjido, y en la sala principal tiene representado en el techo al Nakiryu, o dragón que llora. Como había tantos turistas (las fotos dan fe de ello), fuimos entrando por grupos a la sala y una vez allí, uno de los monjes fue golpeando dos palos entre sí alrededor de la sala. Al final, se situó justo debajo de la boca del dragón y los golpeó de nuevo, generando un sonido único, muy similar al de un lloro, debido a la curiosa acústica de la sala diseñada para crear este efecto único.
Los muros del salón de plegarias Haiden y el salón principal Honden están conectados por dentro y están dedicados a Tokugawa Ieyasu, Toyotomi Hideyoshi y Minamoto Yoritomo.  Al salir, nos encontraremos con el salón de los santuarios portátiles Shinyosha, donde se encuentran los mikoshi o santuarios portátiles que se pasean en los festivales de primavera y otoño de Nikko.


A continuación, situada a la derecha del salón principal, encontraremos la puerta Sakashitamon,
que conduce al santuario interior Okusha, famosa por tener justo antes la talla de madera del nemurineko o ‘gato dormido’. En la parte de atrás hay un gorrión. Si el gato despertara se comería al gorrión, pero, sin embargo, conviven. Es un símbolo de la paz.

A continuación pasamos por la puerta Sakashitamon que es el inicio de un tramo de escaleras, con grandes árboles a ambos lados, que nos llevarán hasta el mausoleo de Tokugawa Ieyasu. En la tumba de Tokugawa Ieyasu sus restos se guardan en una urna de bronce que tiene una estatua de una grulla apoyando los pies en una tortuga, animal sagrado y símbolo de longevidad. Al lado nos encontramos con el árbol sagrado que representa la familia.

No nos queda mas tiempo y hay que volver al autobús, aunque podríamos quedarnos aquí días y días, así que tomamos el camino de vuelta por la avenida de los cedros centenarios y las linternas de piedra para despedirnos de Nikko admirando el puente Shinkyo o puente sagrado, lacado de rojo, sobre el rio Daiya. Aquí me voy a permitir contar una última leyenda para acabar el día: cuentan que el monje Shodo Shonin, fundador del Shihonryu-ji (el primero templo de Nikko, año 766) un día, mientras caminaba por el sendero de la montaña, se encontró con que el río embravecido bloqueaba el paso hasta la cima del monte Nantai. Rezó por encontrar un modo para cruzar y súbitamente apareció un gigante vestido de azul con una guirnalda de cráneos alrededor del cuello. “Aquí está tu puente”, rugió el dios, lanzando dos serpientes, una azul y otra verde de un lado al otro del río. El monje camino sin temor sobre las serpientes y cuando alcanzó el otro lado y se volvió para mirar atrás, tanto el dios como las serpientes habían desaparecido. Este es el motivo por el que también se conoce al puente Shinkyo como el puente serpiente. A partir de entonces, se cree que se construyó un primer puente y que era colgante. Más adelante, en 1509 pasó a ser levadizo y en 1963 fue cuando tomó la forma actual.

De vuelta en Tokio no quisimos despedirnos de tan bella ciudad sin darnos una vuelta y cenar en un típico restaurante japonés donde el cocinero cocina solo para ti. Todo una experiencia.

Y con muy buen sabor de boca me despido hasta la semana que viene con el último día en Japón.

Autor:

Fotógrafo profesional

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